Viernes, 05 de diciembre de 2008

Identidad Europea: Suicidio asistido... por el Vaticano.

Que en materia de inmigración la Iglesia Católica perdió el norte hace años es algo sobradamente conocido y que ya habíamos comentado. El archiejemplo quizá sea  la tolerancia hacia fenómenos como el Padre Patera, cuyo gran mérito es el de cooperar y facilitar que personas que entran en España irregularmente se oculten mejor de la Policía y la Guardia Civil y burlen al Estado durante los tres años necesarios para la regularización por arraigo.

 Otros ejemplos, sin salir de suelo patrio, los tenemos en la famosa Pastoral de Inmigración de la Conferencia Episcopal, que presenta a los inmigrantes como revitalizadores de parroquias y oportunidades para evangelizar, cerrando los ojos a una realidad siniestra consistente en que lo único revitalizado por los inmigrantes han sido las sectas y cultos protestantes y que el número de conversiones habidas entre los habituales a la Mezquita de la M-30 y similares tiende a cero. O que se opone a medidas tan de sentido común como el "contrato de integración" para inmigrantes...¡por estar dirigido a la defensa de nuestros derechos e intereses y no al bien del inmigrante!. ¿No se lo creen? Pues lean.

 Pero el desenfoque absoluto de la jerarquía eclesiástica no se reduce a España, sino que llega al mismísimo Vaticano. Así se desprende de esta noticia que nos da hoy el diario La Razón y que recojo desde Ansa.it:  El Vaticano, por boca de monseñor Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura de la Santa Sede, acepta la construcción de nuevas mezquitas siempre que el Estado controle su actividad.

 Y monseñor Ravasi hace estas declaraciones días después de que Umberto Bossi, líder de la Liga Norte, pidiera el cierre de las mezquitas y centros islámicos existentes en Italia. Es decir, como respuesta a una nítida defensa de la civilización y valores europeos frente al totalitarismo que deriva del Islam.

 Y verdaderamente lo considero una lástima. Tras el Pontificado de Juan Pablo II, tenía como católico muchas esperanzas en que Ratzinger se desmarcara completamente de la línea de debilidad adoptada por su predecesor en lo referido a este fenómeno y que tuviera una mayor conciencia del cambio irreversible que la inmigración masiva supone para Europa, espacio originario y esencial de la cultura cristiana. Parece ser que no es así. 

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