Jueves, 28 de febrero de 2013

En Defensa de la Quiebra

Hace meses, @AdiosLadrillo me conjuró a argumentar una postura que vengo sosteniendo desde hace algún tiempo y que él no comparte: Que la deuda pública española es totalmente inasumible y que la necesidad de una quita o quiebra soberana es objetivamente necesaria y defendible. 

Unas breves reflexiones al respecto: 

El impago de deudas es tan antiguo como el mundo, hasta el extremo de que el riesgo de impago ha formado siempre parte de cualquier comercio y de cualquier actividad económica. 

Es por ello que a lo largo de la historia se fueron articulando diferentes marcos legales para el impago que iban siempre en una doble vía: La satisfacción del deudor al acreedor en todo lo que el primero pudiera y la sanción legal al deudor para el caso de que no pudiera saldar sus deudas. En algunos casos, se llegaban a penar las deudas impagadas con esclavitud o, más cercanamente, con cárcel. En otros lugares, el incumplimiento conllevaba una sanción social y convertía al moroso en un paria. 

La cuestión concreta era que se exploraban todas las posibilidades dentro del marco razonable del momento para que el deudor pagara y si con ello no era suficiente, el acreedor -lógicamente- asumía pérdidas. Hoy, por si alguno se lo pregunta, el marco razonable nos lo da fundamentalmente el Código Civil con su artículo 1911 y el Código Penal con su Libro II, Título XIII, Capítulo VII

Como es lógico, cuando las relaciones económicas se hacen más complejas -sobre todo con la introducción de las personas jurídicas en el ámbito económico- se hacen necesarios instrumentos más especializados y surgen así las instituciones del concurso o la bancarrota, que no son sino procedimientos para que múltiples acreedores cobren lo que puedan lo más ordenadamente posible. 

Esta introducción viene por lo siguiente: Ya sea por esclavitud, por cárcel, o por salir tu nombre en el tablón de anuncios de un juzgado, todas las sociedades han considerado oportuno hacer lo posible por excluir del mercado al deudor incapaz de pagar sus deudas y por lo tanto, quebrado. Los diferentes mecanismos de quiebra -porque al final son eso- han sido considerados necesarios y sanos para el tráfico jurídico y económico en todas las épocas históricas. La quiebra como medicina para el mercado y la sanción legal al deudor no son inventos del liberalismo económico, sino constantes sociales y jurídicas de toda época. 

Y sin embargo -y ahora sí que empiezo a responderte, José Luis- tan cierto es que al moroso particular se le ha perseguido históricamente en todo lo posible como que cuestión diferente ha sido siempre, en toda ocasión y tiempo, el tratamiento de las deudas contraídas por sujetos soberanos, que en nuestros tiempos son Estados pero que en otras eras han sido reyes, jefes tribales o similares.

Estos deudores han tenido siempre -y digo siempre- la particularidad de que no se les puede exigir jurídicamente el pago de deuda alguna, más que en las condiciones y modos que ellos mismos establecieran y que eran -y son- susceptibles de cambiar arbitrariamente en cualquier momento negando total o parcialmente el pago.

Si el acreedor es un súbdito de dicho soberano, esencialmente está perdido. Si el acreedor es un súbdito extranjero, pueden entrar en juego tratados internacionales diversos. Si el acreedor es una potencia extranjera, el procedimiento habitual de cobro ha sido la guerra. En cualquier caso, el soberano moroso tiene problemas graves, que se concretan en que va a ser muy difícil que se le vuelva a prestar dinero en el futuro y que, en el caso de hacerse, las condiciones serán mucho más duras. 

La tendencia natural de un Estado (y a partir de aquí vamos a usar el término en sentido amplio) es hacia el impago de su deuda, muy particularmente la debida a acreedores externos. Llevar a la ruina o al hambre a tu ciudad, tu tribu o tu reino por devolver un préstamo o pagar un tributo es, en todas las épocas, algo tremendamente impopular. 

En definitiva: Si el Khan quiere su tributo, que venga aquí a ver si su horda logra cobrármelo.  Porque si su tributo va a ser la ruina de mi economía, el impago está más que justificado. Los gastos esenciales de mi Estado y mi economía van necesariamente antes que el pago a cualquier acreedor externo... salvo que, efectivamente, hayamos perdido una guerra y firmado un Tratado. 

Lo sucedido en España en agosto de 2011 es una anomalía histórica. Una modificación constitucional según la cual se subordinan total y absolutamente la economía nacional y las cuentas públicas al pago de deuda externa otorgando a dicho pago "prioridad absoluta" sin que haya mediado derrota militar. 

Las consecuencias de esta anomalía van a ser -están siendo ya- gravísimas para los españoles. No sólo por la cantidad enorme de renta que se va a detraer del flujo nacional de nuestra economía rumbo al exterior, sino también y sobre todo porque la deuda es impagable. Tanto la propia de nuestras administraciones públicas, como la privada asumida por el Estado. En este sentido, tanto el PP como el PSOE han comprado tiempo a costa del bolsillo del contribuyente español, librando de su evidente responsabilidad económica y moral al acreedor. 

Porque el acreedor también tiene responsabilidad, derivada directamente de la retribución en forma de interés que existe precisamente por el riesgo de impago. Si una deuda no puede ser pagada, simplemente no se paga y el acreedor asume pérdidas. No se convierte a un individuo -y menos aún a un Estado- en siervo de la gleba de un prestamista imprudente. ç

Hay otra opción, desde luego, que no me resisto a comentar: Pagar el importe nominal de la deuda en una moneda devaluada por la impresión por parte del Banco Central de turno de gran cantidad de la misma. Lo cual no deja de ser, naturalmente, otra forma de impago... perfectamente posible cuando tus acreedores y tú mismo compartís Banco Central (pero que a ellos, naturalmente, no hace ninguna gracia). 

En conclusión y por ir abreviando: 

- Los Estados, entes al servicio de sus ciudadanos, tienden por su propia naturaleza a subordinar el pago de su deuda a la marcha de su propia economía y no al revés. 

- La expuesto en el turno anterior sólo se invierte históricamente tras una guerra y aceptar subordinar tu economía al pago de deuda sin derrota militar se acerca peligrosamente a la traición a tu país. 

- El acreedor corre siempre un riesgo de impago, por el que se le remunera mediante intereses. Ese riesgo debe en buena lógica convertir al prestamista en un observador prudente y meticuloso de la economía del ente al que presta su dinero. 

- La quiebra y el impago son sanos para el mercado, retirando del mismo a deudores insolventes y a acreedores o prestamistas poco diligentes. 

Y, por supuesto, España debe quebrar no sólo por la imposibilidad de asumir los niveles de deuda contraídos, sino por el propio interés nacional del país y de sus habitantes, que no pueden subordinarse al pago de acreedores que han realizado inversiones de riesgo. 


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