Nueve piadosos legos

A raíz de la introducción de la Ley del Jurado en España hubo quien temió que la misma sirviera para restar garantías a determinados reos acusados de delitos particularmente mediáticos. Pero el problema de la institución del jurado no fue solamente el (muy grave) riesgo del linchamiento simultáneo o previo del acusado en prensa, sino la capacidad de apreciación y valoración de la prueba de esos jurados en general.
En el caso Camps, el jurado popular ha respondido a lo estadísticamente esperable cuando encargas la decisión final sobre la culpabilidad de un político que ocho meses antes y con su caso aún abierto obtiene una holgada mayoría absoluta a un jurado elegido entre su propio electorado: Inocente.
Eso sí, que nadie le pida un fundamento técnico a ninguno de los cinco miembros del jurado que han votado por este veredicto. Porque serán tan incapaces de darlo como aquel otro conjunto de Licurgos y Pericles que absolvió a la presuntamente maltratada Pilar Marcos que, según su propia confesión, se cargó a cuchilladas a su señor esposo. O a aquellos otros Cicerones y Papinianos que declararon culpable a Dolores Vázquez.
¿Son capaces de explicar estos cinco piadosos legos en qué fundamentan su apreciación de las pruebas? ¿Son capaces de explicarle a España en qué consiste el cohecho si lo que ha estado pasando en la Generalitat Valenciana no lo es? Porque este es el problema de base: Camps será todo lo inocente que la Ley Orgánica del Poder Judicial y la Constitución Española, en nombre del Rey, digan. Pero el veredicto de inocencia lo dan cinco señores sobre un total de nueve. Y ninguno de los nueve tiene ni puta idea de lo que está hablando. Y eso tiene que dar miedo a cualquier persona con ojos en la cara.
Lamentablemente, estamos en España. Y eso significa que el debate final sobre el juicio a Camps se va a centrar en términos de puro y simple cainismo. Durante unos días, el centrorreformismo cantará loas a la sabiduría del veredicto y desde el Fondo Sur de la izquierda todo será rabia y rechinar de dientes. La conveniencia, tanto para los reos como para la propia Justicia, de haber transplantado un sistema que no solo nos es completamente ajeno sino que no da buenos resultados ni siquiera en su país de origen, ni se le va a pasar por la cabeza a nadie.
A fin de cuentas, el próximo absuelto podría ser uno de los propios.












