La Policía que no queremos
Cuando no puedes fiarte ni de un cuerpo policial, es que la situación es realmente muy grave. Eso es lo que viene sucediendo desde hace muchos años en España en materia de orden público y contención de multitudes. En estos últimos días hemos tenido algunos ejemplos que, si viviéramos en un país normal, darían lugar a investigaciones penales muy serias, a alguna dimisión, a una cascada de depuraciones y a una retahíla de titulares inquisitivos.
Porsupuesto, brilla por su ausencia la independencia judicial, la Fiscalía es un órgano de obediencia al Gobierno, la casta política ya más bien parece brahmínica y los medios de comunicación de este Régimen pasarán a la historia negra del periodismo mundial. Así que pueden ocurrir cosas como las siguientes sin que aquí pase nada:
Primera: Infiltrados en el 15M: Unos presuntos "antisistema" a los que nadie ha vuelto a ver se lían a destruir cosas el día de la manifestación inicial de Democracia Real Ya... y de pronto resulta que entre el grupito hay infiltrados al menos dos agentes disfrazados de borrokas. No ha habido más incidentes en veinte días de concentraciones y acampadas. No los hubo en la manifestación anterior. Y nadie pregunta nada. Ya.
Segunda: El salvajismo de los Mossos de Escuadra, que se salda con 12 periodistas y 109 indignados heridos... muchos de ellos presentando partes de lesiones causadas por armas que los Mossos "no utilizan". Es lo que tiene la magia: Que hace aparecer estigmas... y desaparecer a los 37 Mossos presuntamente heridos y a los que nadie ha visto, ni verá jamás aunque algún ingenuo pueda llegar a creerse el cuento chino de que unos agentes antidisturbios entrenados, armados protegidos hasta los dientes reciben heridos en una relación 1/3 respecto de los que causan.
Tercera: 111 detenidos y 132 heridos en la celebración blaugrana de la Copa de Europa: El tratamiento brutal y salvaje a los aficionados al fútbol ya no es un problema de los Mossos, sino de la totalidad de cuerpos policiales de España. Todavía en fecha tan tardía como 1992 tengo el recuerdo en mis retinas de los aficionados al Atlético de Madrid festejando la victoria en Copa bañándose en Neptuno. Ni un incidente.Nada. Simplemente, no ocurría.
Poco después, y sin que queden muy claros los motivos (parece ser que un patoso le rompió un dedo a la Cibeles en una celebración de la Selección Española en el 94) se adoptó una política radicalmente diferente. Una suerte de contención total en la que la Policía cargaba indiscriminadamente contra multitudes sin objetivos claros y permitiéndolo casi todo. Personalmente lo viví en la celebración del doblete del Atlético de Madrid en Neptuno en 1996: Cuando ves a padres con niños y a meros transehúntes sin bufanda o color alguno siendo apaleados por el grave crimen de estar entre la Policía y los vándalos que arrojan botellas a la Cibeles resulta muy difícil no preguntarse en manos de qué clase de tarados están las decisiones sobre cargas policiales y control de multitudes.
A uno de aquellos tarados lo conocí en el CEU de Montepríncipe. No contento con traernos todos los años al chupóptero Esteban Ibarra a que nos mintiera descaradamente en lo relativo a la inmigración, el entonces director Constantino Falcón le hizo acompañar del Delegado del Gobierno quien, interrogado por la brutalidad de diversas actuaciones policiales -incluyendo cargas en la C/Barceló contra borrokos diversos que solían terminar con apaleamientos en portales a los asistentes a las discotecas pijas de la zona- aquel ser iluminado se despachó diciendo que la Policía no estaba para aguantar provocaciones.
Naturalmente, nos estaba mintiendo: La Policía para lo que no puede estar es para generar violentos disturbios cuando lo que hay es una mera banda de patosos fácilmente identificable y aislable por otros medios. Medios que además no son ciencia-ficción sino que los vemos cada vez que hay un evento deportivo en cualquier ciudad europea: Grupos de diez o doce policías avanzando entre multitudes y dividiéndolas, separando a los violentos de los meros transehúntes y deteniendo exclusivamente a los primeros.
Pero que mintiera o no y que hubiera o no alternativas a la carga indiscriminada ya era secundario porque ésta ya se había convertido en la actuación estándar de las fuerzas antidisturbios en España. En años posteriores, lo atestiguaron medio millón de seguidores madridistas contra quienes se cargó de forma absurda en una celebración de Copa de Europa. Lo vió todo el mundo en el trato dispensado a aficionados ingleses y franceses en el Nou Camp y en La Romareda. Y la nula eficacia de este tipo de actuaciones ha quedado sobradamente demostrada en los sucesivos derbys andaluces.
Cabe preguntarse cuando empezó todo esto. Cuando empezó la Policía a tener patente de corso para apalear a ciudadanos en plenitud de sus derechos. Cuando empezó la prensa, canalla y vergüenza del Régimen, a ver como lo más natural del mundo que una calebración futbolera acabara con cientos de detenidos y cuando dejó de investigarse quien y con qué criterios decidía y justificaba las actuaciones policiales que convertían celebraciones de cientos de miles de personas en estampidas por el centro de Madrid.
Porque de aquellos polvos vienen estos lodos. Los antidisturbios de los Mossos de Escuadra sin su número de identificación a la vista. Los nacionales de la Brigada de Información que se creen muy listos porque te enseñan la plaquita tapando el suyo con el pulgar. Y esos municipales deseosos de participar en la fiesta de la violencia y que encima lo cuentan en su Facebook.
Sobre estas cosas también toca hablar. No para negar que la violencia es necesaria en muchas actuaciones policiales y de antidisturbios... pero desde luego sí para poner en tela de juicio determinados criterios que llevo viendo en práctica desde mi adolescencia futbolera y que no traen resultado positivo alguno. Porque a mí me da la impresión de que nos aproximamos más y más a un modelo policial que no queremos a fuerza de no hacernos preguntas incómodas.












