El chusco episodio del Asador Guadalmina
Finalmente, la anunciada resistencia del Asador Guadalmina al cumplimiento de la nueva Ley Antitabaco se ha quedado en lo testimonial. Y el hostelero José Eugenio Arias se ha buscado -no nos cabe duda- la ruina económica por lo que ha sido, a fin de cuentas, más una cabezonada que una cruzada.
Nadie está negando la gravedad de las pérdidas de los bares y restaurantes. Desde Contra los Gigantes hemos criticado en numerosas ocasiones la excesiva intromisión del Estado en las vidas y actividades privadas de los individuos, las reglamentaciones recaudatorias y las licencias absurdas. Pero convertir un debate sobre la conveniencia o inconveniencia de una legislación -o de determinadas aplicaciones de la misma- en uno sobre la legitimidad o ilegitimidad del Estado para regular las condiciones sanitarias de los negocios privados abiertos al público me parece algo peligrosamente cercano al anarquismo.
José Eugenio Arias parecía tener una estrategia basada en provocar una insurrección social generalizada que le permitiera incumplir la Ley Antitabaco y las sucesivas resoluciones administrativas que al amparo de la misma fue dictando la Junta de Andalucía. El problema es que el empresario se equivocaba: No solo el pueblo no está con él, sino que además la abrumadora mayoría de no-fumadores estamos realmente de acuerdo con la prohibición de fumar en locales públicos. Nos limitamos a sonreír compasivamente cuando el fumador de turno sale a la calle a fumar y a asentir educadamente ante sus quejas cuando vuelve... pero las inconveniencias que les genere su adicción nos importan cero. Y este empresario lo acaba de descubrir a su propia costa.
Insisto en que la Ley Antitabaco pervivirá, o será derogada o habrá que modificarla. Nos da lo mismo. Pero la solución a los problemas que pueda acarrear a un sector clave como la hostelería no pasa en absoluto por espectáculos chuscos como el organizado en torno al Asador Guadalmina. Por supuesto que José Eugenio Arias es un hombre desesperado. Pero su alocada forma de desobediencia civil no solo ha provocado que el sistema le triture económicamente, sino que además tiene todas las trazas de que su imagen pública va a quedar convertida por la progredumbre mediática en un remedo ridículo de un Mauricio Colmenero que ha roto la cuarta pared de la televisión para regentar un asador en Marbella y que, por supuesto, ha terminado cerrando. Por supuesto, sin orden judicial alguna. Y por supuesto sin morir matando.
España no necesita la temeridad de José Eugenio Arias. Simplemente necesita una sociedad civil lo bastante fuerte frente a los partidos políticos como para que no se apruebe una legislación de este estilo sin que todo el mundo tenga muy claro el nivel de consenso social (alto, medio o ninguno) que tiene detrás. El sistema actual está diseñado a propósito, desde la mismísima Ley Electoral, para impedir que esto suceda y la libre expresión de la sociedad civil se ha sustituído por 350 señores apretando botones en bloque y medios irresponsables que afirman ser la voz de una ciudadanía a la que realmente amordazan.
Y a muchos de estos medios, en particular a los que han presentado la Ley Antitabaco como una agresión hacia los derechos más íntimos de ciudadanos y hosteleros, son a los que deberían pedir cuentas José Eugenio, sus familiares y sus empleados. Porque no me cabe la menor duda de que son en gran medida culpables de que este empresario llegara a creerse realmente que lo que pretendía podía llegar a hacerse realidad. Intereconomía, EsRadio, La Razón y alguno más son los responsables directos de haber inflado hasta el extremo de convertir en una lucha por la libertad lo que no ha sido más que un circo mediático en el que a un emprendedor, seguramente con más corazón que cabeza, se le hizo creer que era domador de leones solo para ser devorado por éstos entre el aplauso del público.












