Hay que decirlo más
La diferencia entre nuestros apesebrados ewoks del trabajo y los sindicatos normales de cualquier parte del mundo es la misma que existe entre nuestros partidos políticos y nuestros parlamentos y los de cualquier otro país con el que queramos compararnos.
Reducido a su mínima expresión, la diferencia se concentra en que nuestros partidos y sindicatos no son representativos. No lo son, por más que ellos mismos lo afirmen.
En el caso de los partidos, la falta de representatividad es obvia desde el momento en el que existe un mandato imperativo de facto que liga al representante político no con sus electores (lo cual podría incluso estar bien) sino con el líder que le ha señalado como digno de entrar en una lista cerrada sobre la cual poco tiene que decir el elector.
En el caso de los sindicatos, su dependencia económica es lo que les deslegitima totalmente. Y la diferencia es palpable: Ahí están los líderes de los sindicatos alemanes orgullosos de decir que sus fondos provienen exclusivamente de las cuotas de sus afiliados mientras nuestros Yogui y Bubu venden hasta su dignidad por unos cuantos cientos -al menos, baratos no se venden- de milones de euros de los contribuyentes recibidos vía Gobierno.
Zapatero no ha pactado nada con los agentes sociales. Cuando Zapatero (o Aznar, o Felipe o Rajoy) se sientan a negociar con UGT y CCOO lo que están haciendo en realidad es pactar consigo mismos. Con sus alter egos subvencionados hasta las cejas, que no pueden o no quieren permitirse el lujo de morder la mano de quien, literalmente, les da de comer.
Sin entender esto es muy difícil entender lo que viene pasando en España desde hace décadas en materia de derechos sociales. O los posicionamientos de los sindicatos en asuntos como el de la inmigración.
O su predisposición a ser utilizados como infantería en determinadas circunscripciones electorales. O que hayan consentido en firmar la jubilación a los 67 -trágica e inevitable consecuencia de lo que llevan permitiendo que suceda durante años en el país sin decir esta boca es mía- sin que se les caiga la cara al suelo leprada por la vergüenza.












