Lo que realmente les molesta
Todo le parece mal a la progresía: Que se hable de la llantina de un ex-ministro que se va a su casa cubierto no precisamente de gloria. Que se hable de los morritos de la nueva superministra del zapaterismo, que carece de oficio, beneficio experiencia o mérito alguno más allá de la política. Que un viejo verde se aproveche de la legislación sexual que ellos mismos aprobaron. Pero, por encima de todas las cosas, lo que molesta a los chequistas de 2010 es la visita del Papa.
Naturalmente, es fácil entender el porqué: Benedicto XVI no es como aquel otro tipo tan simpático que le precedió, siempre sonriente y dispuesto a algún gesto conciliador o a soltar alguna frase de interpretación dudosa con la que hacer feliz a su audiencia. No. Benedicto XVI es un tipo que habla claro, que no necesita intérpretes y que más que agradar o caer bien, lo que busca es, directamente, instruir desde su autoridad moral.
No se les ha ocurrido mejor idiotez que iniciar una campaña para que sea la misma Iglesia Católica la que financie el próximo viaje del Papa a España. Pásmense: Los creadores de los más variopintos entramados sociales absolutamente ficticios y financiados 100% con dinero público exigiéndole al Estado que no sufrague los gastos derivados de la visita de un Jefe de Estado extranjero que es, además, el líder espiritual del 74% de los españoles según el baremo del CIS de Julio. Y lo dicen en serio y totalmente convencidos.
"La visita del Papa deben pagarla los católicos", dicen. Pero eso solo es aplicable al Papa y a la Iglesia Católica. Nada de que la visita de los miembros del COI la paguen los voluntarios de Madrid 2016. Nada de que los gastos del Orgullo Gay los paguen los homosexuales. "Es que el Papa es el representante de una confesión religiosa" arguyen. Ya. Claro. Exactamente igual que el Orgullo Gay, el Movimiento contra la Intolerancia o el congreso abortista de Sevilla, que no son sino las religiones laicas del progresismo que pagamos -estas sí- entre todos y sin rechistar, sin importar lo minoritarias que sean socialemente. España no se convierte en un Estado confesional por pagar la visita del papa. Pero tampoco es que sea un Estado homosexual y sufraga religiosamente el sarao de los amigotes de Zerolo cada verano.
Que con sus antecedentes de subvención masiva a lo cutre, lo marginal y lo minúsculo la progresía se atreva a plantear una exigencia como la de que el Reino de España no sufrague los gastos de la visita del Papa -pronunciando "gastos" como si a Benedicto XVI hubiera que pagarle el combustible del avión- es simplemente inadmisible: Es totalmente lícito -deseable, incluso- que el Reino de España dedique el dinero de sus ciudadanos a pagar y subvencionar aquello que mayoritariamente prefieren los españoles y no a lo que el Gobierno desee poner de moda.
Digámoslo claro: La visita del Papa no le va a costar dinero a España... sino que, de hecho, va a reportarle al país enormes beneficios. Por mencionar uno, mensurable y concreto: ¿Cuánto cuestan dos minutos de reportaje en todas las televisiones del mundo? Mucho menos, seguro, de lo que nos costó la candidatura de Madrid 2016 que iba a situar Madrid en el mapa del mundo. Si la Iglesia Católica fuera un negocio... ¿Cuánto se pagaría por la visita del Pontífice? Menos, seguro, que el coste en sobornos necesario para que te concedan la organización de una Olimpiada.
El problema es que ponerse a hablar de costes y beneficios hablando de la visita del Papa es un error. Ellos mismos no van a entrar a debatir lo que cuesta el Día del Ordullo Gay y alegarán -a mí me lo han alegado- que la homosexualidad no es una religión (¡como si desde un punto de vista laico eso fuera relevante a la hora de pasar las facturas!). El problema de fondo de la progredumbre con la visita del Papa no es de dinero ("el dinero público no es de nadie", a fin de cuentas) sino muy probablemente de prevención y de alarma.
No nos olvidemos que Benedicto XVI va a la Barcelona de Sistach, donde el Cardenal-Arzobispo está preparando un espectáculo de travestismo archidiocesano, probablemente para no acabar como Monseñor Amigo, al que Roma terminó imponiéndole un coadjutor para que arreglara el desastre en el que había convertido Sevilla. Tengo para mí que declaraciones como las del Secretario de Inmigración del Tripartito no son sino un intento de ir poniéndose la venda antes de que llegue la herida, en forma de cambio de rumbo forzado desde Roma de la Iglesia en Cataluña al estilo de lo ocurrido en Bilbao o Sevilla. El fracaso de Sistach es innegable. Y si Benedicto XVI lo ve y toma nota, no me cabe la menor duda de que algo intentará hacer para enmendarlo.
Con eso es con lo que no puede la izquierda, perfectamente capaz de convivir con una Iglesia que agoniza en silencio pero que observa con preocupación cualquier intento interno de reactivación. Con Sistach -como con Juan Pablo II, responsable de su ordenación como Obispo y su nombramiento como Arzobispo Metropolitano de Barcelona- les resulta fácil convivir esencialmente porque no estorban. Pero al primer atisbo de que Ratzinger podría llegar a querer (que no está en absoluto claro que vaya a quererlo) poner fin al país de Jauja del separatismo catalán en el que el Cardenal ha convertido su archidiócesis, todo se va en bofetadas al Papa y en dejar al Cardenal más solo que la una.
Y es que la lealtad entre la progresía española, ya sea de derechas o de izquierdas, llega hasta donde llegan las subvenciones del BOE: Justo cuando Sistach más lo necesitaría, le dejan a los pies de los caballos. ¿Les molesta Sistach? No. Lo que les molesta es que el Papa vaya a Barcelona, esa suerte de purulenta capital española del perroflautismo de garrafón, a explicar verdades morales.
Y a lo mejor, si Dios quiere, a cargarse al propio Sistach.












