sábado, 16 de octubre de 2010

Que alguien ahogue a la niña de las gafas rosas

El tema de la publicidad en Internet empieza a ser cada vez más asfixiante. Ya a principios de 2009 la campaña del  puto Test de la Muerte me convenció de la necesidad imperiosa de instalarme en mi navegador un filtro antipublicitario. Desde entonces hasta ahora, la combinación de Mozilla Firefox + AdBlockPlus me ha venido librando de los peores bannercitos-coñazo que toman arbitrariamente el control de mi experiencia como usuario de Internet y me machacan con su mensaje ridículo a través de mis propios altavoces, que no me da la real gana silenciar.

 Pero últimamente vuelven a la carga, con renovadas energías. 

Los anormales que me han hecho abandonar Firefox han sido los diseñadores de NetBits y sus imbéciles ventanitas que aparecen aleatoriamente (llamadas pop-ups) que, incomprensiblemente, mi AdBlockPlus se mostraba incapaz de bloquear. Tras cuatro días de infierno, me paso a Google Chrome y automáticamente he dejado de sufrirlas.

En mi ignorancia sobre cualquier aspecto referido a programación, yo lo achacaba a que el navegador de Google tiene mejores opciones de bloqueo implementadas de serie que el de Mozilla. Pero debía estar equivocado porque hace escasos minutos que acabo de tener que instalar la versión Chrome del Ad Block Plus, a raíz de un grupo de subnormales compuesto por anunciantes (la Generalidad Valenciana), prestadores de servicios (Intereconomía) y sesudos diseñadores publicitarios (ni sé quienes son ni me importa lo más mínimo) que han decidido unilateralmente machacar a los internautas con la misma hijaputez del test de la muerte, solo que elevada al cubo. 

Me estoy refiriendo, naturalmente, a la malhadada campaña de la niña de las gafas rosas. 

Donde el test de la muerte se activaba cuando pasabas accidentalmente el ratón sobre el banner, la niña de las gafas rosas empieza a perorar en el momento exacto en el que entras a la página en cuestión. Mientras el test de la muerte se limitaba a lanzar una carcajada a volumen máximo, la niña de las gafas rosas habla, habla y habla durante segundos, segundos y segundos.

Y el hecho de que el anuncio del test de la muerte terminara siendo relativamente evitable pues solo se activaba al pasar el puntero sobre él no ha vinculado en absoluto a los perpetradores del anuncio que hoy me cabrea: La niña de las gafas rosas no se calla nunca, sino que una vez terminado su discurso inicial, vuelve a repetirlo una y otra vez en un bucle infinito, sin más solución de continuidad que instalar nuevos y más potentes filtros para evitar sufrir esa vocecilla impertinente taladrándonos los tímpanos con loas a la gestión sanitaria del gobierno regional de Francisco Camps. 

Algún anormal levantino se debe creer un geniecillo por haber diseñado la campañita de marras. En algún despacho de Intereconomía se han dado palmadas en la espalda por conseguir que se la adjudiquen. Y entre medias, es posible que un par de comisionistas se haya ventilado alguna mariscada a la salud del contribuyente. No puedo evitar nada de eso.

Pero desde luego sí que puedo hacer todo lo posible  mantener su publicidad de mierda (por invasiva, por irrespetuosa, por coñazo) fuera de mis pantallas. Y pienso hacerlo. 


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