Jueves, 02 de septiembre de 2010

Una historia que no pod?a dejar de contar

Ya sab?is como son estas cosas. Un buen d?a vives en el Pa?s de Oz junto a la Bruja Buena del Norte. Los Reyes Magos entran por tu ventana cada seis de enero de madrugada, Bambi zascandilea por la pradera bajo la atenta mirada de su madre y los bondadosos Jedis gobiernan una id?lica Rep?blica en una galaxia muy, muy lejana.?

Y de pronto... un ruido te hace despertar a la realidad. Quiz? es el zumbido del sable l?ser de Anakin Skywalker acabando con los ?ltimos padawans del Templo. Tal vez son los tres disparos de un rifle que dejan hu?rfano a un cervatillo. O puede que sea, simplemente, que tu padre causa un gran estr?pito al tropezar, mientras coloca los regalos, con las copas que has dejado para agasajar a los pajes de la Triunvira Casa Real de Oriente.

En mi caso se trat? del ensordecedor estruendo que provoca una casa entera cayendo del cielo. Y pas? en un instante de vivir en el Pa?s de Oz junto a la Bruja Buena del Norte a llorar -con sus zapatos rojos entre mis manos- las mentiras y traiciiones de la Bruja Mala del Este, sepultada junto a mi coraz?n, mi valor y mi cerebro ,bajo una tormenta de ladrillo, cemento, hormig?n y pladur por ella misma invocada.

La cosa, desde luego, no pod?a empezar peor.

Me cost? m?s de la cuenta secarme un poco las l?grimas y sacudirme m?nimamente el polvo levantado por la escombrera volante junto a la que estaba sentado. Lo que significa, esencialmente, que tard? m?s de la cuenta en percatarme que del portal de aquel edificio hab?a salido una rubita m?s que mon?sima aunque, eso s?, tan descalza como Abebe Bikila.

Doli?ndose las plantas de los pies, sorte? guijarros y cascotes hasta que lleg? a mi altura:?

- ?Has acabado de llorar? -me dijo. Su voz me son? esperanzada.

- S? -la ment?. ?Qu? hubi?rais hecho vosotros?

- Me alegro -repuso con voz muy seria- porque voy a la Ciudad Esmeralda.

- Pues sigue aquel camino de all? atr?s -le se?al? a mi espalda- el de las baldosas amarillas.

- Ah. -respondi?. Y se me qued? mirando.

- Y ahora, ?a qu? co?os me miras? -gru??. No quer?a que se marchara, pero record? vagamente que antes de conocer a la Bruja, un pel?n de border?a sol?a m?s que encantarlas. O eso esperaba.

- Pues porque acabo de llegar de Ninguna Parte y aqu? estabas t? esper?ndome -dijo, obviamente convencida de alguna l?gica propia, de esas que tienen ellas para s? mismas- y porque yo voy a Ciudad Esmeralda y t? sabes el camino -continu? enumerando- y porque yo estoy descalza y aqu? est?s t? con esos zapatos rojos, que fijo que me est?n bien.

Enarqu? una ceja. La Bruja Mala del Este, cualesquiera que pudieran haber sido sus virtudes, calzaba como m?nimo dos n?meros m?s que aquella preciosidad. Dorothy -que as? se llamaba- pod?a llevar lo mismo aquellos zapatos rojos que una lancha en cada pie. Los sostuve en mis manos y me incorpor? despacio, para tratar de explic?rselo. Sin que se lo pidiera, ella se acerc? a ayudarme.

Y cuando, ya de pie, la mir? a ella, sent? como los zapatos encog?an dos tallas en mis manos. Ella sonri? al verlo, pero no con asombro sino como quien sonr?e ante lo m?s natural del mundo:

- ?Lo sab?a! ?Lo sab?a! -palmote? alegre mientras se calzaba- ?Eres el Mago de Oz!

Recuerda, Javier -me susurr? mi cerebro desde alg?n lugar bajo la casa- no pienses, que la cagas.

- ?Quieres que te ense?e magia? -articul? finalmente, sin romperme mucho la crisma.

- Quiero que recorras conmigo el camino de las baldosas amarillas -me solt? as?, a bocajarro- que no pienses m?s que en m?, que me quieras mucho y que seas valiente por los dos. ?Ser?s capaz de hacerlo?

Mir? a los pies de la Bruja Mala, que sobresal?an grotescamente bajo aquel blocaco enorme ca?do del cielo que sepultaba el resto de su cuerpo. Y pens? en todas las cosas que yo sab?a que se iban a quedar all? enterradas para siempre si yo cog?a de la mano a Dorothy. Tendr?a que abandonarlas. No me vi capaz de hacerlo.

Vete con ella, capullo -bajo una tonelada de escombros, mi cerebro segu?a tan expresivo como siempre- aqu? no hay nada que puedas reciclar para el futuro.

- Ser? capaz, lo prometo -ment? sin parpadear- porque no pienso m?s que en ti, no te quiero m?s que a ti y contigo me atrevo a cualquier cosa.?

- Has mentido en las tres cosas -me dijo mir?ndome muy seria, con los ojos muy abiertos- pero no importa, porque eres el Mago de Oz. Acomp??ame por el Camino Amarillo y ya me encargar? yo de reemplazar lo que te falta. Para cuando lleguemos a Ciudad Esmeralda, todo lo que me has prometido ser? verdad.

Me sonri?. Y yo la abrac? muy fuerte y me jur? no mirar atr?s ni una sola vez, aun sabiendo que aquella mentira era para m? mismo.

Ya sab?is como son estas cosas. Y ya sab?is como soy yo. Segu? el sendero de baldosas amarillas con Dorothy durante un a?o y un mes. Y aunque al principio hice cosas mucho peores que mirar para atr?s, Dorothy jam?s perdi? la f? en mi y jam?s, jam?s, jam?s se le ocurri? pensar en otra cosa m?s que en llegar conmigo a la fabulosa capital de Oz.

El que la abandon? a ella mucho antes de llegar a la Ciudad Esmeralda, fui yo.

- Tienes que ser mayor -la dije antes de marcharme. Como si eso fuera decir algo.

- ?Y c?mo se es mayor? -me pregunt?, aun totalmente convencida de que yo era el Mago de Oz y de que ten?a la respuesta para todo.

- Recorriendo sola el Camino Amarillo -la ment? por ?ltima vez. Y ella se sec? las l?grimas y se qued? all?, tan sola como hab?a estado yo unos meses antes. Pero mucho m?s serena.?

Me puso en pie. Me fue leal. Me quiso. Me lo dio todo. No guardo de ella m?s que buenos recuerdos, ni soy capaz de tener para ella m?s que palabras de cari?o. Cumpli? con su promesa: Me devolvi? todas y cada una de las cosas que yo hab?a perdido: Me puso su propio alfiletero? en la cabeza para que pensara en ella y un reloj de cuerda fabricado por ella misma en mi pecho para que la quisiera. Y me dio tanta cerveza que se me olvid? nuevamente lo que era el miedo.?

Durante ese tiempo y sin excepciones, la madre de Bambi volvi? a vigilarle a la pradera, los camellos de Oriente volaron de nuevo, las leyes de la Rep?blica fueron una vez m?s? justas y ben?ficas... y Oz volvi? a ser ese lugar maravilloso en el que pod?as pasearte sin miedo a que te cayera del cielo nada m?s que los chubascos de temporada.

Y por eso esta historia, aunque os la cuente a todos, es solo para ella. Para que sepa que soy demasiado consciente de que se merec?a el final que ella quer?a. Y de que estoy seguro que lo terminar? teniendo.

Solo es cuesti?n de que se fije muy bien en que su pr?ximo Mago de Oz no lleva una camiseta de Slytherin.


Comentarios

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Autor: Anonimo
Fecha: Jueves, 02 de septiembre de 2010
Hora: 14:29

gracias por la sinceridad y por reconocer mis virtudes, es simplemente preciosa..no podía esperar menos del mejor contador de cuentos de la historia. te extraño mucho y sabes que siempre estarás en mi corazón. te quiere, patri.