Una historia que no podía dejar de contar
Ya sabéis como son estas cosas. Un buen día vives en el País de Oz junto a la Bruja Buena del Norte. Los Reyes Magos entran por tu ventana cada seis de enero de madrugada, Bambi zascandilea por la pradera bajo la atenta mirada de su madre y los bondadosos Jedis gobiernan una idílica República en una galaxia muy, muy lejana.
Y de pronto... un ruido te hace despertar a la realidad. Quizá es el zumbido del sable láser de Anakin Skywalker acabando con los últimos padawans del Templo. Tal vez son los tres disparos de un rifle que dejan huérfano a un cervatillo. O puede que sea, simplemente, que tu padre causa un gran estrépito al tropezar, mientras coloca los regalos, con las copas que has dejado para agasajar a los pajes de la Triunvira Casa Real de Oriente.
En mi caso se trató del ensordecedor estruendo que provoca una casa entera cayendo del cielo. Y pasé en un instante de vivir en el País de Oz junto a la Bruja Buena del Norte a llorar -con sus zapatos rojos entre mis manos- las mentiras y traiciiones de la Bruja Mala del Este, sepultada junto a mi corazón, mi valor y mi cerebro ,bajo una tormenta de ladrillo, cemento, hormigón y pladur por ella misma invocada.
La cosa, desde luego, no podía empezar peor.
Me costó más de la cuenta secarme un poco las lágrimas y sacudirme mínimamente el polvo levantado por la escombrera volante junto a la que estaba sentado. Lo que significa, esencialmente, que tardé más de la cuenta en percatarme que del portal de aquel edificio había salido una rubita más que monísima aunque, eso sí, tan descalza como Abebe Bikila.
Doliéndose las plantas de los pies, sorteó guijarros y cascotes hasta que llegó a mi altura:
- ¿Has acabado de llorar? -me dijo. Su voz me sonó esperanzada.
- Sí -la mentí. ¿Qué hubiérais hecho vosotros?
- Me alegro -repuso con voz muy seria- porque voy a la Ciudad Esmeralda.
- Pues sigue aquel camino de allí atrás -le señalé a mi espalda- el de las baldosas amarillas.
- Ah. -respondió. Y se me quedó mirando.
- Y ahora, ¿a qué coños me miras? -gruñí. No quería que se marchara, pero recordé vagamente que antes de conocer a la Bruja, un pelín de bordería solía más que encantarlas. O eso esperaba.
- Pues porque acabo de llegar de Ninguna Parte y aquí estabas tú esperándome -dijo, obviamente convencida de alguna lógica propia, de esas que tienen ellas para sí mismas- y porque yo voy a Ciudad Esmeralda y tú sabes el camino -continuó enumerando- y porque yo estoy descalza y aquí estás tú con esos zapatos rojos, que fijo que me están bien.
Enarqué una ceja. La Bruja Mala del Este, cualesquiera que pudieran haber sido sus virtudes, calzaba como mínimo dos números más que aquella preciosidad. Dorothy -que así se llamaba- podía llevar lo mismo aquellos zapatos rojos que una lancha en cada pie. Los sostuve en mis manos y me incorporé despacio, para tratar de explicárselo. Sin que se lo pidiera, ella se acercó a ayudarme.
Y cuando, ya de pie, la miré a ella, sentí como los zapatos encogían dos tallas en mis manos. Ella sonrió al verlo, pero no con asombro sino como quien sonríe ante lo más natural del mundo:
- ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! -palmoteó alegre mientras se calzaba- ¡Eres el Mago de Oz!
Recuerda, Javier -me susurró mi cerebro desde algún lugar bajo la casa- no pienses, que la cagas.
- ¿Quieres que te enseñe magia? -articulé finalmente, sin romperme mucho la crisma.
- Quiero que recorras conmigo el camino de las baldosas amarillas -me soltó así, a bocajarro- que no pienses más que en mí, que me quieras mucho y que seas valiente por los dos. ¿Serás capaz de hacerlo?
Miré a los pies de la Bruja Mala, que sobresalían grotescamente bajo aquel blocaco enorme caído del cielo que sepultaba el resto de su cuerpo. Y pensé en todas las cosas que yo sabía que se iban a quedar allí enterradas para siempre si yo cogía de la mano a Dorothy. Tendría que abandonarlas. No me vi capaz de hacerlo.
Vete con ella, capullo -bajo una tonelada de escombros, mi cerebro seguía tan expresivo como siempre- aquí no hay nada que puedas reciclar para el futuro.
- Seré capaz, lo prometo -mentí sin parpadear- porque no pienso más que en ti, no te quiero más que a ti y contigo me atrevo a cualquier cosa.
- Has mentido en las tres cosas -me dijo mirándome muy seria, con los ojos muy abiertos- pero no importa, porque eres el Mago de Oz. Acompáñame por el Camino Amarillo y ya me encargaré yo de reemplazar lo que te falta. Para cuando lleguemos a Ciudad Esmeralda, todo lo que me has prometido será verdad.
Me sonrió. Y yo la abracé muy fuerte y me juré no mirar atrás ni una sola vez, aun sabiendo que aquella mentira era para mí mismo.
Ya sabéis como son estas cosas. Y ya sabéis como soy yo. Seguí el sendero de baldosas amarillas con Dorothy durante un año y un mes. Y aunque al principio hice cosas mucho peores que mirar para atrás, Dorothy jamás perdió la fé en mi y jamás, jamás, jamás se le ocurrió pensar en otra cosa más que en llegar conmigo a la fabulosa capital de Oz.
El que la abandonó a ella mucho antes de llegar a la Ciudad Esmeralda, fui yo.
- Tienes que ser mayor -la dije antes de marcharme. Como si eso fuera decir algo.
- ¿Y cómo se es mayor? -me preguntó, aun totalmente convencida de que yo era el Mago de Oz y de que tenía la respuesta para todo.
- Recorriendo sola el Camino Amarillo -la mentí por última vez. Y ella se secó las lágrimas y se quedó allí, tan sola como había estado yo unos meses antes. Pero mucho más serena.
Me puso en pie. Me fue leal. Me quiso. Me lo dio todo. No guardo de ella más que buenos recuerdos, ni soy capaz de tener para ella más que palabras de cariño. Cumplió con su promesa: Me devolvió todas y cada una de las cosas que yo había perdido: Me puso su propio alfiletero en la cabeza para que pensara en ella y un reloj de cuerda fabricado por ella misma en mi pecho para que la quisiera. Y me dio tanta cerveza que se me olvidó nuevamente lo que era el miedo.
Durante ese tiempo y sin excepciones, la madre de Bambi volvió a vigilarle a la pradera, los camellos de Oriente volaron de nuevo, las leyes de la República fueron una vez más justas y benéficas... y Oz volvió a ser ese lugar maravilloso en el que podías pasearte sin miedo a que te cayera del cielo nada más que los chubascos de temporada.
Y por eso esta historia, aunque os la cuente a todos, es solo para ella. Para que sepa que soy demasiado consciente de que se merecía el final que ella quería. Y de que estoy seguro que lo terminará teniendo.
Solo es cuestión de que se fije muy bien en que su próximo Mago de Oz no lleva una camiseta de Slytherin.












