Ceuta y Melilla: Los lapsus de la progredumbre
No me genera la menor extrañeza el doble lapsus del ministro Alonso al incluir Melilla en Marruecos, como tampoco me extrañó en su día la vergonzosa foto de Zapatero junto a un fantasioso mapa de Marruecos incluyendo Ceuta, Melilla, Canarias, Andalucía y el Sáhara Occidental. Ya en el CEU de Montepríncipe aprendí, en las clases de "Historia" que nos impartía un tal Felipe, que entre la generación que nos precedede existe un amplísimo número de fantasiosos incultos que, amparados en posiciones de autoridad normalmente muy superiores a su nivel de competencia, se revisten de superioridad intelectual para promover complejos e ignorancia.
El tal Felipe debe ser en este momento un hombre profundamente feliz. Porque no solo tiene a indigentes intelectuales de pelaje similar al suyo a los mandos del aparato del Estado, sino que además estos no tienen ningún empacho en demostrar por donde respiran.
La felicidad de mi ex-(pretendido)-enseñante debió empezar en el mismo momento en el que se anunció la iniciativa de la Alianza de Civilizaciones. Es decir, de la Alianza con quienes quieren pura y simplemente la destrucción de nuestra sociedad para edificar otra encima.
Fue precisamente a cuenta del Islam cuando me di cuenta de que aquel profesor oriundo de Guijuelo no carburaba demasiado bien: Era una la primera clase que nos impartía y la inició contándonos lo que pretendía enseñarnos en aquel curso, que incluía cosas tales como rechazar el imperialismo romano ("todo lo que lleve la palabra 'imperio' es malo", según su sabia explicación) y además a respetar la historia de la España islámica, empezando por invitarnos a reflexionar sobre el porqué a los reyes taifas se les denominaba "reyezuelos" (el carecer de legitimidad dinástica alguna, gobernar despóticamente y vivir en permanentes polvorines de inestabilidad interna no le debían parecer razones suficientes). De remate, nos anunció su intención de llevar a cabo durante el año una "fiesta islámica" para la que deberíamos traer de casa productos magrebíes.
Aquello fue demasiado para mí. Tenía 16 años, una adolescencia fatalmente llevada, ya había olvidado más Historia de la que aquel señor había aprendido en su vida y además llevaba casi tres cuartos de hora escuchando chorradas: Como producto magrebí de presencia imprescindible para esa futura fiesta, sugerí, literalmente, "medio kilo de hachís".
No fue precisamente un comienzo con buen pie, pero de alguna forma sirvió -además de para la carcajada general- para que algunos de mis compañeros se dieran cuenta de que no eran los únicos conscientes de haber estado escuchando un amplio conjunto de gilipolleces. En su segunda lección, fue recibido en la pizarra por una pintada recordatoria de la peor de las que había soltado durante su perorata inicial: "SPQR=MALO". El autor de esa en concreto no fui yo, pero sí de la gran mayoría que siguieron.
Porque me tocó soportar aquellas lecciones durante dos años, en los que apenas perdí ocasión de corregir las barbaridades de aquel sujeto y su particular visión de la historia española y mundial. Cualquier idea de grandeza nacional o europea le parecía perversa. Nos deleitó con la versión musulmana de la batalla de Covadonga. Descalificó como monarca a Alfonso X por sus aspiraciones al trono del Sacro Imperio Romano Germánico. Afirmaba (también por escrito) que los mozárabes eran como los Ultrasur de hoy. Criticó duramente la expulsión de los judíos y la de los moriscos... y llegó a afirmar sin pudor que sin la Conquista de América o la colonización de África, los incivilizados que allí vivían serían hoy más felices. Eso así y sin pensar mucho, durante el primer año que me tocó sufrirle. Para abrir boca.
Al año siguiente cometió el grave error de darnos, como libro de texto, unos apuntes mecanografiados escritos por él mismo y con sus propios juicios de valor entremezclados con los hechos históricos, que íbamos leyendo en voz alta en clase. El conocer con tanta anticipación por donde iba a venir la idiotez de cada día me proporcionó incontables posibilidades de portarme como un cabrito: Bastaba con ofrecerme voluntario para leer aquel día y entremezclar mis propios comentarios con la lección que tocara.
Naturalmente, había cosas que no ponía por escrito y que lograban cogerme por sorpresa. Por ejemplo, su insinuación de que Isabel de Baviera (a la que él, en un alarde de precisión historiográfica, llamaba Sissí Emperatriz) era lesbiana. O la de que Franco tramó la muerte de Sanjurjo. Y la de José Antonio. Una de esas motivó que me expresara sin ambages mediante un "Es que hay que oír cada gilipollez, Felipe..." que mis compañeros eligieron para que me acompañara en el Anuario del curso, convenientemente censurado el taco.
Recuerdo especialmente las veces en las que, directamente, tuve que corregirle en voz alta aquellos textos por contar puras y simples mentiras. Por ejemplo, sacando una biografía de Mussolini (que "casualmente" llevaba en la mochila aquel día) en la que se aportaba la certificación de su ascenso a Sargento por méritos de combate en la primer conflicto mundial, en la que él afirmaba que el Duce no había participado. O, más gordo todavía, cuando me dio por comprobar las fechas de las independencias de los países del Magreb porque algunas no me cuadraban: Efectivamente, tenía mal las de Marruecos, Túnez, Argelia y Libia... con el agravante de que, además, esta última se la atribuía al Teniente Coronel Muammar al-Gaddafi en 1969, cuando -como todo el mundo sabe- lo que hizo Gadafi en ese año fue, lisa y llanamente, dar un golpe de estado contra el gobierno del Rey Idris (le tuve que deletrear el nombre) soberano de Libia desde su independencia en 1953. Ese día fue cuando mi compañero de pupitre (que seguro que me estará leyendo) descubrió que esas correcciones las traía ya anotadas en los apuntes desde mi casa.
No obstante, la peor de aquella sarta de sandeces que encadenó este docente durante sus horas de clase fue -y no por casualidad- la que soltó a propósito de Ceuta y Melilla que eran, en su opinión, colonias que había que devolver a Marruecos ya que no eran España por estar en otro continente. Cuando salté sobre el tema y le mencioné las Canarias, tiró los pies por alto afirmando, ni más ni menos, que las Afortunadas eran "el resto de un imperio naval que ya no tiene mucho sentido mantener".
Después de esto, creo que se entienden mucho mejor las razones por las que el hecho de que un Ministro del Reino le atribuya a Marruecos la soberanía de Melilla no me sorprende en absoluto: Sé muy bien que no es un lapsus. Es lo que estos tíos piensan realmente. Es el mismo tipo de mierda sesentayochista a la que esta generación de progres fracasados se agarró intelectualmente tras la caída del Muro de Berlín. Escogieron predicar la imbecilidad y en vez de reconocer sus limitaciones. Solo nos queda jubilarles y rezar que para entonces aún tengamos un país que recuerde adecuadamente tanto la primera, como las segundas.
Y hasta entonces... a disfrutar lo votado.
Edito 31/08/2010: Sí, la foto inicial es un montaje. Pero esta no lo es:













