Veganos: Ya no me hacéis ni puta gracia
Lo he dicho en alguna ocasión: Contra el comunismo vale todo. Pocas bromas con el totalitarismo inhumano de los herederos de Marx, porque van a pisarte la cabeza y robarte cualquier atisbo de libertad personal que consideren contraria a su proyecto de muerte y miseria.
Hasta ayer, no pensaba lo mismo de los veganos. Ya sabéis, esos tipos -y tipas- con cierta pinta de desnutridos que a veces se ponen en la puerta de algún McDonalds a protestar contra el consumo de carne con pancartas absurdas. O que interrumpen corridas de toros y se llevan más palos que una estera. O que roban pollos o sueltan visones de granjas. Me parecían, en definitiva, unos tipos medio simpáticos. Una especie de revolucionarios de vuvuzela y fin de semana. Inofensivos, vaya, más allá de algún puntual delito ecológico por soltar visones o cosas por el estilo.
Pero estaba equivocado: El veganismo no puede tener un sitio en nuestra sociedad.
La prueba definitiva de que los veganos deben ser tan perseguidos como el comunismo ha sido la prohibición de los toros en Cataluña. Estos tipos han logrado, en alianza con la mayoría separatista y de izquierdas que gobierna allí, imponer una parte de su credo a la totalidad de la sociedad catalana. Ahora bien... ¿En qué se basa el credo de esta gente? Pues en algo tan absurdo como en pretender que los animales tienen derechos comparables a los de las personas. Así como suena.
La implantación del veganismo en nuestra sociedad supondría un totalitarismo infinitamente peor que el del comunismo. A fin de cuentas, en la ideología de Marx, Lenin y Kim-Jong-Il, el morirse de hambre es una consecuencia indeseada... mientras que en el veganismo es una consecuencia no solo inevitable, sino incluso buscada por determinados sectores que claman por su curiosa dieta como forma de controlar un presunto exceso de población humana.Por no mencionar la limitación total de libertades básicas -libertades que han acompañado a la Humanidad desde la noche de los tiempos- que supondría el adoptar sus creencias en relación con los animales: Ni cría de ganado, ni caza o pesca, ni la mera posesión de animales estarían permitidos bajo un régimen vegano. Por no hablar de los toros.
Precisamente ha sido a cuenta de los toros que los veganos han logrado en estos días la imposición de una parte de su credo sobre una región española. Hablo, naturalmente, de Cataluña y la prohibición de las corridas de toros (no así de los correbous) a partir de 2012. Aquí veganos y chorra-separatistas catalanes se han aportado mutuamente la excusa del respeto a los animales y los votos del odio a España para obligar a cuatro millones de catalanes a irse a ver los toros fuera de su comunidad, al igual que en otros tiempos debieron cruzar fronteras para irse a ver cine sin censura: Dictadura de la irracionalidad en estado puro.
Respecto al desmadre autonómico de este país, hace mucho tiempo que tengo claro que, ya que no parece posible rebobinarlo en la medida que sería necesario, si parece lógico al menos que sean los ciudadanos de cada una de las 17 regiones los que se las paguen vía impuestos regionales. Tan insostenible es el agujero negro andaluz como la fétida charca a la que llaman "oasis catalán". Pero el que cada uno de estos miniestados fuera financiado por los ciudadanos de su territorio nos dejaría las cosas mucho más claras en lo relativo a viabilidad o inviabilidad de determinadas políticas. Y en lo relativo a la responsabilidad de cada nivel de gobierno.
Así que lo diré claro: Señores catalanes, disfruten lo votado. Han elegido ustedes una casta política tan sectaria y lamentable que no solo limita sus libertades arbitrariamente, sino que además lo hace mostrándose permeable a argumentaciones tan imbéciles como la del "sufrimiento de los animales", como si el bienestar del ser humano debiera verse limitado por los presuntos sufrimientos de las criaturas que criamos para nuestro servicio, bienestar, alimentación y progreso. De las pérdidas económicas e ideológicas que se deriven de esta decisión, serán ustedes los únicos responsables. Allá se lo guisen y allá se lo coman.
Pero en lo referente a los veganos, la prohibición de los toros en Cataluña supone un antes y un después: Nunca más volverán a hacerme gracia esos jóvenes con pinta de desnutridos que se colocan de cuando en cuando en la puerta del McDonalds de Montera exhibiendo pancartas contra el consumo de carne. Hasta este momento, con ignorarles bastaba. A partir de ahora, eso ya no es suficiente. Porque han demostrado que no son una broma fruto de una sociedad enferma -solo una sociedad de la superabundancia puede obviar el hecho de que la Naturaleza nos dotó de colmillos- sino que son una infantería totalitaria presta en cualquier momento a servir de excusa para recortes de libertades ideológicas, económicas y nutricionales básicas del hombre.
Y es que tras lo visto en Cataluña, no me cabe la menor duda: Si los veganos pudieran, me impedirían por la fuerza comer carne, pescado, lácteos, huevos y miel. Estoy decidido a impedírselo. Sin debate de ningún tipo, porque no hay debate posible con quien opina que tengo los mismos derechos que un animal. Simplemente, el veganismo acaba de demostrar ser un cáncer para la libertad y como tal habrá que tratarlo.












