Alcalá-Zamora: Las memorias del crispador
Como aficionado a la Historia, he seguido el culebrón relativo a los diarios del primer Presidente de la II República -Niceto Alcalá-Zamora- desde el mismo inicio del mismo, es decir, desde aquel día de 1936 en el que el conjunto de ladrones y asesinos que conformaba el Gobierno de la II República asaltó la caja de seguridad de Credit-Lyonnays en Madrid en la que los guardaba.
Poco pudo hacer D. Niceto para evitarlo, ya que se encontraba en la seguridad del exilio, que era el mejor lugar en el que podía estar un derechista liberal y monárquico reconvertido que dejó como fruto de sus cinco años de intrigas, trapisondas, complejos y desempeño aventurero de la máxima magistratura del Estado un Gobierno del Frente Popular cuya primera decisión fue desposeerle del cargo.
El caso es que, salvo algunos pequeños fragmentos de sus diarios aireados durante la guerra en la prensa republicana, sus papeles desaparecieron por completo al acabar la contienda. Hasta diciembre de 2008. En ese mes, el historiador César Vidal recibe una oferta para comprar los susodichos diarios, al parecer de algún descendiente de Mariano Soria Giner -poseedor de los papeles desde 1941 pero que niega haber sido el ladrón de los mismos. Con la misma, Vidal llama a la Guardia Civil, que detiene a los vendedores en el hotel en el que habían quedado con él para cerrar el trato e incauta los documentos poniéndolos a disposición del Ministerio de Cultura. A partir de aquí, todo era cuestión de devolver dichos papeles a sus propietarios: Los descendientes de Alcalá-Zamora.
Solo que no. Que esto no es lo que está ocurriendo, ni lo que el Ministerio de Cultura tiene intención de permitir que ocurra. El Departamento de Ángeles González-Sinde ha decidido no devolver los diarios a sus legítimos propietarios ni tampoco hacerlos públicos en el Archivo de Salamanca. Las informaciones del diario Público, aun tendenciosas, nos dejan entrever muy claramente el intencionado lío creado por el Ministerio llegando al extremo de plantearse el ofrecer una compensación a los ladrones por haber guardado los documentos todos estos años lo cual es -no me digan que no- el colmo de los colmos.
Así pues, el Ministerio de Cultura quiere evitar la publicación de los diarios de Alcalá-Zamora. ¿Porqué? "Porque podrían crispar". Alucinante argumento histórico y democrático para justificar un injustificable intento de ejercer la censura sobre determinados episodios politicamente incoprrectísimos de la formación, el desarrollo y el fin de la II República. Los cuatro artículos publicados por César Vidal a propósito del contenido de los papeles del ex-Jefe de Estado (a los que debió tener acceso en algún momento en el transcurso de la operación de compra-venta de los mismos) no dejan lugar a dudas sobre al menos dos hechos de importante calado para la historiografía republicana, a saber:
1) La Revolución de Asturias en 1934, intento de golpe de estado en toda regla orquestado desde el PSOE.
2) Las elecciones de Febrero de 1936, pucherazo absoluto del que saldría el ilegítimo gobierno frentepopulista que decidió, pura y simplemente suprimir política, social e incluso físicamente a la mitad del país.
En la visión de Alcalá-Zamora sobre estos dos incidentes se resume la presunta "crispación" que la publicación de sus diarios podría generar, que no es otra que la caída de ese imbécil mito de una II República idílica que ve interrumpido su normal funcionamiento por el alzamiento de unos militares fascistas y unos clérigos carcas. Lo que está haciendo el Gobierno de Zapatero con los diarios de Alcalá-Zamora es lo normal y lo lógico en quien se considera heredero legítimo de quienes originalmente los robaron: Tratar de hurtarlos a toda costa del conocimiento público.
Y la única explicación posible para este vergonzoso intento es que los papeles de quien fuera Jefe de Estado entre diciembre de 1931 y Abril de 1936 suponen un vivísimo retrato de la mediocridad, la perversidad, el latrocinio, las intenciones y las acciones de los partidos, personas y organizaciones que controlaron la II República. Retrato pintado, además, por el Presidente de la misma quien -para colmo de males- tuvo claro desde el primer momento que sus papeles habían sido robados por orden directa de Santiago Carrillo.
¿Crispación? Y un cuerno. Salvo que "crispación" sea el nuevo sinónimo que los mediocres usan para evitar nombrar el miedo. O la vergüenza torera. La buena noticia es que aunque Alfonso Guerra mató a Montesquieu hace ya unos años, todavía hay jueces en Madrid. Terminaremos leyendo los papeles de "El Botas". Al menos, los que el puñado de neomilicianos de La Moncloa no pasen por la trituradora. Al tiempo.












