Martes, 20 de abril de 2010

Ramonc?n no me da pena

El Rey del Pollo Frito se ha hecho un publirreportaje con una camiseta en la que indica que ya no es directivo de la SGAE. Lo ha hecho tras hundir  él solito y sin ayuda de nadie su imagen pública convirtiéndose en alférez portaestandarte de esa forma de opresión de casta que suponen los derechos de autor y -al menos esperamos que no lo haya hecho gratuitamente- forrarse el riñón en el proceso.

No me da ninguna pena Ramoncín. Porque nadie sino Ramoncín eligió entrar en el Consejo de Administración de la SGAE. Nadie sino Ramoncín eligió posicionarse como punta de lanza en favor de un tema tan absolutamente impopular (por injusto, por excesivo, por su proximidad al latrocinio desvergonzado) como el del canon digital. Un cantante no vive de su música, sino también -y mucho- de su imagen. Ramoncín ha vinculado la suya al canon digital y a la SGAE. En este sentido, la conversión de Ramoncín en el pim-pam-pum de la Nación es la lógica consecuencia de una estrategia suicida: Dedícate a llamar ladrones a los compradores de tu música y a explicar con todo lujo de detalles como pretendes meterles en la cárcel y, efectivamente, lo mínimo que te puede suceder es que te apedreen en el Viñarrock. Te conviertes en un indeseable. En un paria de la Era de la Imagen, cuya situación no va a mejorar por más que demande a El Jueves, a Menéame, a 20 Minutos, a la Inciclopedia o a Ecodiario... sino más bien al contrario: Cuanto más demande, más daño se hará a sí mismo, por la propia dinámica viral de la Red.

Lo importante de este asunto, no obstante, no es la escasa simpatía que despierta Ramoncín tras siete años en la Junta Directiva de la SGAE. Sobre tan obvia relación causa-efecto no vale la pena ni escribir, por más que el propio Ramoncín insista en colocarse a sí mismo como víctima. El problema aquí es el argumentario intelectual para defender unas concepciones sobre derechos de autor tan palpablemente rechazadas. Y es que los derechos de autor ninguna obviedad. Son una simple construcción intelectual. No son algo que se deduzca naturalmente de la propia naturaleza de las cosas como sí sucede, por ejemplo, con  las propiedades o derechos reales sobre algo físico como un móvil, una casa o un perro.

De hecho, es más bien al contrario: Los derechos de autor son contraintuitivos. Así como es evidente que mi teléfono móvil, mi casa o mi coche son entes físicos, con límites definidos y que  solo pueden tener un propietario y/o un poseedor legítimo cada vez, no lo es hasta donde llega el alcance de los pretendidos "derechos de autor" alegados por intérpetres y artistas sobre unas canciones que -no lo olvidemos- graban una vez y pretenden vivir de ello durante toda su vida natural, en vez de ensayar a diario y dar conciertos en directo cada mes como desearían sus fans (y no deja de ser curioso que la asistencia a conciertos en directo aumente de forma paralela a las descargas... para todos menos posiblemente para Ramoncín, claro).

En este momento, la pretensión de la industria cultural sigue centrada en cobrar por cada copia. Lo cual no obsta para que, dado que en el momento tecnológico presente tal cosa es imposible, las SGAEs pretendan cobrar -y están cobrando- por la mera posibilidad de crear copias. Y en el momento en el cual una mera hipótesis se convierte en base imponible en virtud de la cual cargar un canon indiscriminado al 100% de la población tanto si copia como si no, cualquier defensor público de eso se expone al linchamiento mediático. No se puede defender públicamente y de forma sostenida durante lustros una injusticia manifiesta y esperar que la gente te lo perdone.

Todo aquel que tiene dos dedos de frente, se situó hace tiempo en contra de la SGAE, en contra de los privilegios reaccionarios tal como los define acertadamente el ex-Bellotari Ibarra. El que no los tiene, hace como Ramoncín: Decir que jamás debió pagarse un canon por un pendrive... tras haber abogado por ello y cobrarlo religiosamente.

 

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