Jueves, 31 de diciembre de 2009

La casta de los Empresaurios

Uno de los problemas más graves de tener un Estado tan gigantesco como el que nos hemos dado a nosotros mismos desde la aprobación de la Constitución de 1978 es que el grado de intervencionismo y burocratización que inevitablemente le acompaña corrompe todo lo que toca.
El caso más evidente es el de la casta empresarial española que es, en sus escalafones superiores, un antimodelo con todas las letras en el que se salvan relativamente pocos.
Los últimos ejemplos son verdaderamente sangrantes. El Consejero Delegado del Santander, condenado a seis meses de prisión por denuncia falsa en su etapa como directivo de Banesto. El fin de Banesto es, por otra parte, otro asunto verdaderamente vergonzoso en el que un banco viable fue declarado inviable por el Banco de España y se procedió a su absorción por parte del Santander cobrando dinero público por activos supuestamente incobrables que luego se cobraron. Es otra historia, pero la raíz es la misma.

Sin apartarnos del Banco Santander, nos acercamos más a la raíz del problema: El "querido Emilio" de Baltasar Garzón a Botín meses antes de archivar una querella presentada contra él nos da la medida de la sinvergonzonería reinante en la alta empresa española.

No obstante, el nuevo archiejemplo del malhadado matrimonio entre la empresa privada y la mamandurria pública nos lo ha dado el Presidente de la CEOE, Don Gerardo Díaz Ferrán, el hombre que jamás habría volado en su propia compañía aérea, a imagen y semejanza del gran Groucho Marx, que nunca hubiera pertenecido a un club que le admitiera como socio.

Pero Don Gerardo si pertenece a clubes en los que le admiten. Por ejemplo, al Consejo de Administración de Caja Madrid, a la que debe 26 milloncejos de euros del ala por uno de estos singularísimos enchufazos que han colocado a nuestro sistema financiero en quiebra total. Para redondear la jugada, Don Gerardo tiene un copioso sumario en la Audiencia Nacional donde se ventilan asuntos como una presunta evasión fiscal o el destino final de los cien millones de euros con que el Estado español aportó a Marsans para el reflotamiento de Aerolineas Argentinas.

Este es el líder de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales. El interlocutor entre el Gobierno y los empresarios. Con un par.

Y sin embargo, no es el peor. A fin de cuentas, Díaz Ferrán representa a un emprendedor en sectores productivos para la economía dle país. Sí, el enchufismo marca toda su carrera y no todas sus aventuras empresariales son éxitos. Pero no es más que un aprendiz de otros componentes mucho menos ilustres de la casta empresaurial española: Los Señores de la Prensa. Que no solo han logrado del Ejecutivo ZP la formación de un puro y simple oligopolio televisivo, sino que además va a conseguir que el Estado compre los periódicos que los ciudadanos no desean adquirir. Genial vía para hacer viable cualquier negocio, pero sólo al alcance de unos pocos privilegiados.

Otros miembros ilustres de la casta empresaurial fueron, breves como estrellas fugaces, los grandes promotores inmobiliarios. Martinsa-Fadesa, empresa propiedad de Fernando Martín,  repartió a sus matrices 168 millones de euros en Abril de 2008, solo para entrar en concurso juntamente con su dueño en julio del mismo año. Hoy, Fernando Martín es un insolvente total que se está construyendo un gargantuesco chaletazo en El Escorial.  Y  todavía no se le ha abierto sumario alguno. Privilegios de la casta empresaurial.

He dicho que se salvan pocos. Y salvable me pareció durante mucho tiempo, José María Ruiz-Mateos. Hombre a quien un Gobierno socialista y un Tribunal Constitucional le privaron del fruto de su trabajo. Pero sus curiosas búsquedas de capital, avalando inversiones al 8% anual con botellas de brandy tienen toda la pinta de convertirse en el caso Fórum Filatélico del próximo lustro. La estafa de los sellitos de 2012.

Y fijaos que el personaje me cae bien. Y que de todos los mencionados hasta ahora, es el que tiene más papeletas de acabar fatal con la Justicia. Pero no hay más cera, me temo, que la que arde.





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