Kalashnikov: La autodefensa del pobre
Uno de los mas grandes éxitos técnicos de la Unión Soviética fue sin duda el AK-47, Kalashnikov. Con cuatro kilos y trescientos gramos de peso, ochenta y siete centímetros de longitud (41,5 de cañón), 10 disparos por segundo y fcargadores de treinta balas del calibre 7,62 del Pacto de Varsovia, las diversas versiones de este fusil de asalto llevan 62 años siendo el mejor guardián de la seguridad y la libertad de cientos de miles de personas en lugares donde el Estado brilla por su ausencia.
Por supuesto, también es un arma utilizada por bandidos, guerrilleros, piratas y tiranos de diversa índole en las cinco partes del globo. Su coste de mantenimiento es nulo. Su acceso, facilísimo y abierto pues la Unión Soviética jamás lo patentó y la tardía patente de una empresa privada en 1999 no ha logrado, ni mucho menos, frenar la producción no-autorizada.
No nos extrañemos de que haya entre 35 y 50 millones de Kalashnikovs en circulación por todo el globo. Es un arma que lo aguanta todo. Barro, lluvias monzónicas, el paso de un vehículo militar por encima, el simple paso del tiempo o el pobrísimo mantenimiento que es capaz de darle, por ejemplo, una guerrilla de niños-soldado del África Negra.
Sí. Niños-soldado. Y no nos escandalicemos: Desde el CETME hasta el M-16, los fusiles de asalto buscan la mínima distancia posible entre culata y gatillo por razones de esas que la gente educada no menciona en voz alta. Pero me desvío del tema.
El sistema de cargan del AK, que aprovecha los gases de la combustión procedentes del disparo anterior para ayudar en la carga del siguiente proyectil, fue totalmente totalmente revolucionario en su momento. Jamás se encasquilla. Nunca.
Y la versión 74, con un calibre más ligero (5,45x39mm, de dudosísima legalidad internacional ya que produce daños agravados) y un alcance efectivo hasta cinco veces mayor, tenía numerosos componentes de plástico que abarataban enormemente un coste final ya de por sí muy bajo. Hoy día es posible comprar un Kalashnikov por entre 30 y 300 euros, según modelo, calibre y antigüedad. La efectividad del arma, por muy de segunda mano que sea, rara vez entra en discusión.
Algún día tendré uno en mi salón. Colgado de dos ganchos. Si los peores pronósticos se cumplen y terminamos inmersos en una guerra civil étnica en Europa, lo descolgaré, le colocaré el cargador que tendré cuidadosamente cargado y lo colocaré junto a la puerta durante el día y bajo mi cama de noche. Descansaré muy tranquilo sabiendo que un Kalashnikov vela por mi seguridad. Y me reiré mucho de esta sociedad blandorra empeñada en desarmar al ciudadano honrado.
Feliz cumpleaños, Mijaíl.












