Martes, 10 de noviembre de 2009

Partido Popular: La gran obra c?nica de Fraga

Las aguas en el Partido Popular bajan más que revueltas y aparecen diferencias graves con un cierto trasfondo ideológico en enfrentamiento entre la declarada liberal Esperanza Aguirre y el no-declarado socialdemócrata Gallardón mientras la cúpula centrista (sea esto lo que sea) de Rajoy guarda silencio y las bases conservadoras de la Organización observan atónitas lo que está pasando.

 No se me ocurre, por lo tanto, mejor momento para hablar de un asunto al que vengo dando vueltas desde hace meses: El Partido Popular como la más importante y eficaz de las construcciones políticas  realizadas por Manuel Fraga Iribarne, verdadero pionero en la Europa continental en la formación exitosa de un partido unitario que englobara el amplísimo arco político del “centro-derecha” abarcando a centristas, liberales, conservadores y democristianos… separados por norma en el resto de Europa en ese momento.

En efecto, no ha sido hasta hace relativamente poco tiempo que el “centro-derecha” existe como tal y de forma unida en Italia, unificado en torno a Berlusconi y Fini. En Francia, no fue hasta 2002 cuando Jacques Chirac unificó a una pléyade de partidos de derecha en torno a la UMP que pronto pasó a presidir Sarkozy. Y de sobra conocida es la situación de Alemania, en la que liberales y conservadores militan en partidos distintos.

Vale la pena preguntarse qué es exactamente lo que ha ocurrido en España para que fuéramos pioneros en tener un gran partido de centro-derecha. Pero antes, analicemos aunque sea someramente las causas de lo que llevó al resto de países de la Europa continental a tener ese espacio político fragmentado.

Es más que dudoso que el pacto de la Transición incluyera la absorción de la UCD por parte de la diminuta Alianza Popular. La Coalición de Manuel Fraga estaba destinada, esencialmente, a ejercer de cortafuegos electoral del franquismo ideológico, desactivándolo mediante su transformación en franquismo sociológico. Una vez logrado ese objetivo, Alianza Popular iba a quedar como quinta pata  liberal-conservadora de un sistema compuesto por PSOE, UCD, PCE/IU, los nacionalistas y la propia AP.

Pero las cosas rodaron de otra forma. En primer lugar, por la inesperada e inexplicable auto-disolución de la UCD, que directamente desapareció del mapa político en un tiempo récord. En segundo lugar, por la rapidísima desactivación del tardofranquismo,  desarticulada como opción política viable en las primeras elecciones democráticas  tras un varapalo  agravado por graves errores de Blas Piñar -cabeza más visible del mismo- y operaciones políticas tan extravagantes como la candidatura encabezada por el golpista  Tejero, bajo el lema "Entra con Tejero en el Parlamento", de la que ya habló Ernesto Milá aquí.  

La desarticulacion politica de la extrema-derecha aseguro el suelo electoral de AP. Y la desintegración de UCD la nutrió de cuadros políticos y multiplicó su extensión y alcance. Desde luego, el efecto no fue inmediato: Millones de votos centristas fueron a parar al PSOE en 1982 y, en conjunción con la acelerada destrucción del Partido Comunista de España por parte de Santiago Carrillo y su posterior pase al PSOE (hechos estos que constituyen una auténtica traición de Carrillo a su organización y que no pueden ser considerados casuales)  permitieron cómodas mayorías socialistas hasta el año 93.

Con todo, las cosas no fueron mal para la formación de Manuel Fraga. Cierto que el PSOE arrasó en 1982 obteniendo 212 diputados frente a los 107 de AP, pero ésta había multiplicado por 11 sus escaños desde los 10 obtenidos en 1979. El experimento de la Democracia Cristiana de Gil Robles había fracasado estrepitosamente en las primeras elecciones democráticas. El centrismo se encontraba demolido. Y la derecha más conservadora de Manuel Fraga Iribarne se encontró de pronto en la posición indicada para, mediante una política inteligente, convertirse en alternativa de gobierno y que el sistema pensado a cinco pasara a ser de dos, con los restos del PCE/IU y las minorías nacionalistas convertidas en comparsas o apoyos puntuales.

A partir de 1986, solidificada AP como coalición y eliminada cualquier posibilidad a su derecha tras el fracaso de la Fuerza Nueva 2.0 relanzada por Blas Piñar como Frente Nacional, sólo quedaba cristalización de la coalición en una estructura unitaria en lo político, con un programa y un proyecto ideológico lo más consensuado posible. Este  consenso era imprescindible porque, en el plano ideológico, AP no era ni mucho menos una balsa de aceite. Lo que en principio nació como una coalición tecnocrática de conservadores y liberales había absorbido no sólo los restos del naufragio demócrata-cristiano, sino también enormes cantidades de cuadros provenientes del centrismo. Si se quería dar el paso de transformarse en partido único, era necesario articular un ideario y un programa asumibles por todos. 

Manuel Fraga logró hacerlo. Había argumentos convincentes para ello, el menor de los cuales no era la demostrada imposibilidad de articular espacio político alguno fuera de lo que iba a ser el  Partido Popular. Desde luego, el Partido Popular no era en ningún caso un partido de centro-reformista. Ese término lo acuñó Aznar en la segunda mitad de los 90 como única posibilidad de lograr una mayoría absoluta ante un electorado receloso de la terminología asociada al PP (liberal, democristiano, etc...) asociada a la pérdida de derechos sociales y a un cierto seguimiento de las posturas morales de una Iglesia Católica cada vez más divorciada de la realidad social española.

No hubiera sido posible la consolidación del PP como estructura unitaria de haberse perdido en discusiones ideológicas: Fraga presentó un modelo de partido basado no en una ideología consensuada, sino en un modelo de gestión. El PP enterraría para siempre en España la diferenciación entre conservadores, liberales, democristianos y centristas eliminando el debate ideológico de sus filas y convirtiéndose en una organización dedicada únicamente a ganar elecciones, aún a costa de predicar y practicar cosas distintas e incluso contrapuestas en sus diferentes ámbitos de actuación.

Así por ejemplo, el propio Manuel Fraga se dedicó con ahínco a la eliminación de cualquier posibilidad de un regionalismo o nacionalismo gallego de centro-derecha... por la sencilla vía de ocupar su espacio llevando a la práctica desde el PP y la Xunta de Galicia lo que hubiera deseado un partido de ese signo. Fraga realizaba en Galicia lo que el PP denunciaba en aquellos momentos en Cataluña o el País Vasco.

Otros barones regionales, a años-luz del peso político del gallego, no se atrevían en aquel momento a tanto, pero la adaptabilidad de los principios a la consecución o conservación de mayorías se convirtió desde entonces en santo y seña de un Partido Popular que pasaba con una facilidad pasmosa de oponerse -e incluso recurrir por presunta inconstitucionalidad- las leyes del divorcio y del aborto a aceptar los hechos consumados como inamovibles y simplemente archivar sus protestas al día siguiente de la derrota parlamentaria o judicial correspondiente.

Jamás el PP ha planteado -ni planteará- vueltas atrás en estas cacareadas conquistas sociales de la izquierda, como tampoco lo hará ni lo ha hecho en otras (Educación para la Ciudadanía, matrimonio homosexual, actual reforma de la Ley del Aborto...) enlas que se ha limitado al  testimonialismo parlamentario y a la asunción pacífica de cualquier Sentencia del Tribunal Constitucional. Simplemente, el PP como estructura no reabre debates sociales sobre realidades que la izquierda -o el nacionalismo- hayan logrado consolidar... y ello se debe a la propia concepción del PP como maquinaria de consecución del poder y no como entidad al servicio de principios y valores inmutables.

El pasteleo, el pactismo y el ponerle precio a todo son, desde el mismo momento de su concepción, premisas fundamentales del Partido Popular. La única forma posible de mantener unidas tendencias políticas tan dispares es cuando a cambio del acatamiento perruno de supuestos consensos políticos por pura conveniencia electoral... se obtienen réditos palpables en forma de cargos públicos o favores de otro tipo. No es un proceso muy distinto del llevado a cabo por Berlusconi década y media después.

Desde la segunda mitad de los 90 este proceso se aceleró. Todo empezó con el ofrecimiento a Jordi Pujol de la cabeza del cobarde Vidal-Quadras -quien aceptó sin combatir un exilio forzoso en Bruselas- y su sustitución por el ex-militante del PSUC Josep Piqué, quien logró el éxito de reducir al testimonialismo a la tercera fuerza política de Cataluña.

Simultáneamente, la llegada de Alberto Ruiz-Gallardón a la Presidencia de la Comunidad de Madrid y su inmediata dedicación en cuerpo y alma a practicar políticas diametralmente opuestas a las desarrolladas por José María Aznar en el Gobierno de España dejó abierta la puerta a la baronización del Partido, sólo evitada por la firmeza del liderazgo del propio Aznar, bajo cuya presidencia nadie se hubiera atrevido, por ejemplo, a proponer una cláusula Camps o a exigir el blindaje del cupo fiscal vasco, como han hecho hace bien poco .

Era el devenir natural de una unificación contra natura basada en el cinismo. El próximo paso, que ya lo estamos viendo, es la baronización total del Partido. En el PP de Madrid, en tiempos de Pío García-Escudero, tal baronización de las agrupaciones locales respecto de la Dirección Regional era un hecho que Esperanza Aguirre atajó con contundencia mediante la formación de una treintena de gestoras locales. Y es bien conocida la situación de Reinos de Taifas que se vive en otras demarcaciones regionales como la valenciana, la balear o la gallega.

Y es que el fenómeno de la baronización de un partido político, que podemos definir como la proliferación de poderes fácticos autónomos en demarcaciones inferiores que se oponen, condicionan o pastelean las directrices que les llegan desde las demarcaciones superiores, no es sólo propio de las estructuras partidarias federales: Cualquier estructura unitaria puede baronizarse en una situación de liderazgo débil. Y una estructura unitaria como la del PP (sin más ideología que ganar elecciones) es particularmente susceptible de verse sometida a imposiciones por la vía de los hechos de una u otra Delegación... particularmente cuando esa Delegación controla un Boletín Oficial y la superior no lo hace.

Es el cínico final de una obra cínica.


Comentarios

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Autor: Anonimo
Fecha: Martes, 10 de noviembre de 2009
Hora: 22:28

Est? muy bien el art?culo.

No obstante, creo que Aznar hablaba de "centro reformista" bastante antes de la segunda mitad de los 90. Otra cosa es que sus votantes prefiriesen eludir el mensaje y autoconvencerse de que el PP representaba la derecha de siempre. De todas formas, Fraga ya se hab?a presentado como de centro, sin complejo alguno, en las postrimer?as del franquismo.

Por cierto, estoy acabando un libro muy ilustrativo sobre ?stas y otras cuestiones: "Una Patria Imaginaria", de Ferr?n Gallego. Analiza las vicisitudes de la extrema derecha desde finales del franquismo hasta nuestros d?as, con una perspectiva objetiva muy poco usual.