Mi?rcoles, 24 de junio de 2009

Banderas arriadas, Obispos fostiados

Alucinado me deja Miguel Menéndez Piñar al contar en su blog que la organización de los actos conmemorativos de la Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús había previsto la retirada de las Banderas de España portadas por los 20.000 asistentes al acto. Alucinado, pero no sorprendido, visto el estado de cuasi-ceguera permanente en el que vive la Iglesia Católica.

Si me sorprende que algunos carlistas accedieran a arriar sus banderas.Más que sorprenderme, me extraña. Demasiado bien saben los carlistas cuando deben obedecer a la autoridad eclesiástica y cuando no. De hecho, los comentarios en el Foro Carlista al respecto no tienen desperdicio. Pero parece que salvo un grupo pequeño, el resto de los asistentes arrió sus banderas. Vergüenza infinita.

El problema es de grave desorientación. En primer lugar, de parte de los organizadores del evento, empeñados en separar la Religión Católica de la Nación Española, es decir, empeñados en la desaparición no solo de España, sino de cualquier rastro de influencia católica en nuestra sociedad. En segundo lugar, caul es la argumentación ideológica para no rebelarse colectivamente contra los últimos responsables de una orden aberrante, ilegítima e indigna y hacerles entender a como dé lugar que lo que pretenden es intolerable. 

De hecho, buena parte de los problemas que tenemos con los permanentes complejos de nuestros pastores se arreglarían simplemente si las ovejas fueran un poco más fieras. A lo mejor el problema es que no bastaba con dejar alzadas las Banderas. A lo mejor había que utilizar los mástiles para sacudir a alguien. A Obispos y Cardenales se les ha presionado de muchas formas a lo largo de la Historia. ¡Ay de los cardenales si en 1073 hubieran osado contradecir al pueblo, que harto de la corrupción y los enfrentamientos de la Curia  aclamó como Papa al monje Hildebrando, quien pontificó como Gregorio VII! No se le ocurrió tal cosa al Cónclave: Sabían a lo que se exponían.

Otro Papa Gregorio, el Décimo de ese nombre, fue elegido en un cónclave en el que el pueblo de Viterbo llegó a poner a los cardenales a dieta estricta de pan y agua por su tardanza en elegir Pontífice. Y como aún así se hicieron los remolones, terminaron retirándoles hasta las tejas del Palacio Episcopal y dejándoles a la intemperie mientras deliberaban. Siglos después, los cardenales entraron en el Vaticano para celebrar el nefasto Cónclave del que surgiría el Cisma de Occidente entre insultos, esputos y agresiones si el populacho romano sospechaba que iban a votar por un Papa pro-francés. Y así fue elegido el Papa Urbano VI, en mitad de un motín popular que derivó en un asalto en toda regla al Cónclave, con varios cardenales contusos y heridos.

Precisamente el Cisma de Occidente dio lugar a muchos incidentes violentos contra cargos eclesiásticos. Sin ir más lejos, en Toledo llegaron a las manos los partidarios del obispo nombrado por Roma y los del nombrado por Aviñón. Los unos ocuparon el Palacio Episcopal y los otros, la Catedral tras varias noches llenas de bofetadas y heridos. Sin duda, las procesiones debieron ser entretenidas en el Toledo de 1378. Y en muchas otras ciudades europeas.

No fue hasta el siglo XVI en el que un conocidísimo teólogo llamado Melchor Cano formuló su tesis,indiscutida desde entonces, acerca de la legitimidad de declarar la guerra y combatir físicamente contra los Papas y otras autoridades eclesiales que actuaban como señores temporales. Es obvio que quien actúa como señor y combate como señor, se expone a ser combatido como señor.

Y no hace falta ir más atrás para justificar lo obvio: Que en determinadas ocasiones, a un Obispo le puede venir muy bien llevarse un par de bofetadas. Por ejemplo, cuando bajo su responsabilidad unos gaznápiros ordenan a unos devotos católicos que arrien la Bandera de su Patria. 







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