S?bado, 09 de mayo de 2009

Afganist?n: ?Qu? estamos haciendo all? exactamente?

El General MacArthur, Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas que ocuparon Japón, en 1945, tenía clarísima su misión en el Imperio del Sol Naciente: Hacer tierra quemada de una cultura guerrera y expansionista y sustituirla por algo que convirtiera al Japón en un aliado fiable para los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial.

MacArthur era un bandarra. Lo dejó claro en sus gestos de puro y simple desprecio a las máximas instituciones japonesas. Ahí le teneis, el 27 de Septiembre de 1945, en la foto histórica de su primera entrevista con el Emperador Hirohito: Sin uniforme de gala, sin corbata, sin galones y en mangas de camisa. Como si fuera un turista fotografiándose con la estatua de algún Museo de Cera. Con idéntica indrumentaria se había presentado 25 días antes, el 2 de Septiembre,  a firmar la rendición formal del Imperio en la Bahía de Tokio a bordo del portaaviones Missouri. Y no fue el peor, ya que el Almirante Sir Bruce Fraser (Comandante de la Flota Británica en el Pacífico) recibió esa misma rendición en nombre del Reino Unido directamente en pantalones cortos (minuto 6:37 del vídeo, cuyo visionado os recomiendo encarecidamente).

Sin embargo, el puro y simple macarrismo anglosajón de MacArthur dejó las cosas claras desde el primer momento. A nadie le cupo nunca la más mínima duda de los propósitos de los Aliados en Japón. El mismo Comandante Supremo lo dejó claro: "Convertiré a estos japoneses en demócratas aunque tenga que fusilarlos a todos". MacArthur y sus fuerzas tenían, sin duda, una misión infinitamente más clara que la que tienen las fuerzas de la OTAN desplegadas hoy en Afganistán. Sobre cuyos objetivos y logros reales nada se sabe. Lo que sí se conocen son hechos reales y objetivos acerca de las actividades del Gobierno afgano, que los soldados españoles allí destacados en la OTAN están contribuyendo a sostener a punta de fusil. Por ejemplo, la reciente aprobación de una ley que permite la violación dentro del matrimonio, al tiempo que prohíbe a las mujeres ir solas al médico, al trabajo o a estudiar. La Ley, en la mejor tradición de los estados inviables, es específica solo para chiíes.

Es evidente que entre los deseos del gobierno afgano surgido tras la ocupación del país por Estados Unidos y sus aliados, no se encuentra la destalibanización del país, o la conversión de Afganistán en una democracia fiable, sino más bien en un puro y simple estado-satélite. Para ello, se buscará la integración incluso de los "talibanes moderados" (digo yo que no serán muy talibanes si son moderados) que dejan automáticamente de ser terroristas si aceptan colaborar con las fuerzas ocupantes. Los talibanes, desde luego, lo tienen claro: No hace ni una semana que amenazaban con convertir Afganistán en un nuevo Vietnam para las tropas estadounidenses. Y, militarmente, incluso los más rabiosos aliados de EE.UU, dan la guerra por perdida. La misma población afgana parece apoyar a los talibanes en lo sustancial: Una cooperante fue linchada y muerta en Kabul por ser cristiana. Trabajaba con minusválidos.

Mientras tanto, los tribunales afganos continúan aplicando los más duros preceptos de la Ley Islámica, incluyendo condenas a veinte años de prisión por defender los derechos de las mujeres, condenas a muerte por "blasfemia", condenas a muerte por traducir mal el Corán, condenas a muerte por convertirse al cristianismo,  condenas a muerte por lapidación a los adúlteros (con la reciente novedad de usar piedras más pequeñas, para aumentar el tormento de las víctimas) prohíben la emisión de imágenes de mujeres cantando... Y, por supuesto, la producción de opio bate todos los récords imaginables, después de aumentar en un 1400% en menos de un año desde la caída del régimen talibán, férreo perseguidor del mismo.

La conclusión es evidente: Si fuimos a Afganistán con un mandato de las Naciones Unidas para terminar con un régimen islámico terrorista y corrupto, el fracaso no ha podido ser más grande, ni más vergonzoso. En Afganistán no solo los talibanes siguen operando a pleno rendimiento, sino que la legislación y los tribunales del Estado fundado a raíz de esa intervención siguen operando con los mismos principios esenciales que los de los talibanes.

No creo que haga falta un MacArthur en Afganistán. Más bien lo que hace falta es un poco más de valor a la hora de plantear preguntas elementales (¿qué estamos haciendo allí? ¿porqué nuestras tropas están apuntalando a un Gobierno que actúa así?) y sobre todo a la hora de buscar respuestas.

Mi apuesta: Pensemos en las rutas del petróleo. Y es que la Segunda Guerra Mundial ha sido posiblemente la única que los bárbaros anglosajones , incapaces de ponerse un uniforme de gala para recibir la rendición de un Imperio milenario, han librado con algo de idealismo. 

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