Domingo, 12 de abril de 2009

Mercenarios, el Arte de la Destrucci?n para XBOX: El d?a en que invadimos Corea del Norte

Hoy os presento un videojuego que, pese a sus carencias, me encantó hasta extremos absurdos. Se trata de Mercenarios: El Arte de la Destruccion, lanzado a principios del año 2005. Aún en plena lucha contra el "Eje del Mal", Mercenarios plantea un escenario de invasión ni más ni menos que de Corea del Norte. El Ejército Chino, la Mafia Rusa (atención al desprecio rampante de los yankis por los rusos), el Ejército Surcoreano y los Aliados han tomado posiciones en el territorio norcoreano y mantienen, cada uno por su cuenta, una guerra contra el General Sung (obvia parodia del Presidente Eterno norcoreano Kim Il Sung), quien amenaza con utilizar contra la comunidad internacional el poderío nuclear de su país.

En esta situación, la compañía Operaciones Ejecutivas manda a su mejor hombre a territorio norcoreano con el encargo de moverse por el mismo y realizar misiones -convenientemente remuneradas- para cada una de las facciones en purga y, ya de paso, aprovechar para atrapar a los 52 componentes de la baraja de los dirigentes y científicos norcoreanos más buscados, al más puro estilo de los 52 naipes que el Ejército americano distribuyó en la campaña de Irak.

Para ello, contaremos con la ayuda de una formidable PDA que nos dará información en tiempo real de todo lo que suceda en territorio norcoreano. Podremos aceptar misiones de cualquier facción que no esté demasiado cabreada con nosotros  robar cualquier vehículo que necesitemos y, en caso de emergencia, pedir munición o vehículos extra a la Mafia Rusa.

Desde luego, dado que el objetivo de cualquier compañía mercenaria es ganar dinero, no hay ningún problema en aceptar misiones de facciones opuestas. Solo hay que tener en cuenta que cabrear demasiado a una facción puede llevar a que todas las unidades de la misma con las que nos crucemos tengan como principal objetivo el conseguir nuestra cabeza. Pero naturalmente, estamos en zona de guerra... e incluso podemos hacer las paces con una facción que nos odie simplemente llegando vivos a su cuartel general y ofreciendo a sus mandos un soborno lo bastante sustancioso.

En cualquier caso, el juego nos da la opción de elegir para qué bando queremos luchar. Podemos perfectamente capturar o abatir a los 52 objetivos de la Baraja trabajando exclusivamente para los comunistas chinos, el Ejército de Corea del Sur, los Aliados (¡ja!) o la Mafia Rusa (ahora empezamos a entendernos). Sin embargo, teniendo una total y absoluta libertad para movernos por el mapa y elegir a nuestros patrones... lo más aconsejable es trabajar para todos ellos.

El mecanismo es sencillo: Eliges una misión y hasta que no la completes o mueras en el intento, no puedes elegir otra. Aparte de eso, tu libertad para moverte por Corea del Norte es total. Y aunque el objetivo final del juego es acabar con el gobierno -y la vida- del General Sung, podemos llevar nuestra particular cruzada contra el comunismo de la forma que nos parezca.

Aparte de las misiones que nos ofrecen las facciones en liza, siempre podemos dedicarnos, pura y simplemente, a deambular por Corea del Norte haciendo el bestia, al más puro estilo Grand Theft Auto... pero con armamento bélico (atención a la jugada consistente en atar un  vehículo terrestre a un helicóptero de combate para sembrar el terror en tierra y en el aire). En el mapa hay muchísimos puntos en los que se nos ofrecen misiones secundarias y retos que nos ofrecen la oportunidad de ganar aún más dinero destruyendo un número determinado de enemigos o vehículos de un bando, robando un vehículo y llevándolo a un punto predeterminado, echar una carrera con vehículos militares o simplemente derribar tal o cual monumento norcoreano.

A los pobres soldados de la República Popular Democrática de Corea del Norte les toca el papel de malos malosos y sparrings del juego. De sus cuarteles robaremos vehículos. En sus ciudades sembraremos la destrucción. Sus comandantes serán nuestros objetivos. Y los miles de soldados norcoreanos dispuestos a dar su vida por el ideal Juche simplemente serán masacrados sin piedad. La carga ideológica del juego es elevada.

 También lo es su carga estratégica. Las misiones son muy variadas y en todas y cada una de ellas tendremos que pensar un poco. Puede valer la pena hacerse pasar por civil. O dar un enorme rodeo y tratar de atacar por la retaguardia. O utilizar determinadas armas y vehículos en vez de otros. En algunas ocasiones, incluso valdrá la pena buscarse uno o dos escuderos de alguna facción con la que nos llevemos bien para que sean masacrados en nuestro lugar y, quizá, se lleven algún enemigo por delante.

Gráficamente, Mercenarios es un juego discreto. Muy bien los vehículos, los personajes y la mayoría de los edificios. Muy mal lo relativo a rocas, árboles y paisaje. Efecyivamente, el mapa es gigantesco y hay variedad... pero en general, fuera de las ciudades nos encontraremos con unos gráficos bastante más pobres. El apartado musical está muy bien logrado, aunque de vez en cuando se escape la melodía más inoportuna en el momento que menos conviene. Los efectos sonoros son absolutamente realistas.

 En cuanto a la jugabilidad... es básicamente comparable a un GTA: Un mapa enorme que explorar libremente y multitud de misiones optativas que cumplir. Se le echa en falta, eso sí, un modo multijugador, ya fuera cooperativo o versus. Con un mapa tan enorme, verdaderamente se hubiera aprovechado muchísimo. Puedes elegir entre tres protagonistas diferentes (británica, sueco y americano) que, aunque varían levemente en sus características, recorren exactamente la misma historia sin ningún tipo de variación.

 Y es que hay otra cuestión: Mercenaries: Playground of Destruction es un juego con poquísimo argumento. Que nadie lo busque porque, esencialmente, no lo hay. Ni falta que le hace, añado.

Mercenaries: Playground of Destruction tuvo éxito. Su mecánica gustó. Hasta el extremo que ha dado lugar a una secuela para XBOX 360, Mercenaries 2: World in Flames,ambientada ni más ni menos que en la Venezuela del año 2010. Pero esa, mis queridos lectores, será otra guerra y la libraremos en otra ocasión.

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